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Malos tiempos en la 'pequeña Rumanía' de Castell, en la Costa de Granada

Decenas de rumanos en paro esperan cada amanecer a que alguien les dé trabajo

Malos tiempos en la 'pequeña Rumanía' de Castell, en la Costa de Granada

El escaparate del paro

La localidad costera de Gualchos-Castell ha duplicado su censo con respecto a 2007. Ahora oficialmente allí viven 4.368 vecinos, de ellos 1.167 extranjeros. Una cifra que ha protagonizado la polémica política de la semana, a cuenta de la lucha intestina por la Diputación provincial. En su particular guerra sin cuartel, PSOE y PP han hecho sus cálculos y han concluido que el aumento de población de la Costa granadina, teóricamente, beneficiaría al PSOE en el reparto de diputados. De ahí, que el PP haya pedido formalmente al Gobierno que explique cómo Gualchos-Castell ha duplicado su padrón. Todo ello en medio de un feo cruce de acusaciones e insinuaciones de trampas y juego sucio por ambos bandos.
Uno de los factores clave del aumento poblacional es el masivo empadronamiento de ciudadanos rumanos en Gualchos-Castell. En el censo cuentan 781. ¿Pero están o no realmente en el pueblo? ¿Cómo se las arreglan ahora que en los invernaderos no hay trabajo?
Ajena a las cuentas para ganar la Diputación y los teoremas matemáticos de los políticos -a ellos les importa un pepino si son o no vecinos molestos para las aspiraciones de PSOE y PP- la gran comunidad rumana de Castell vive atrapada en una situación dramática. Basta dar un paseo por el pueblo para comprobar que, efectivamente, los rumanos de Castell están allí y además, pasándolo mal. Corren malos tiempos en la 'pequeña Rumanía' de la Costa, Gualchos-Castell de Ferro, que cuenta con la comunidad de vecinos rumanos más importante de toda la provincia, detrás de Granada capital.
Y es que la crisis de Castell no es la crisis global, ni la del ladrillo. La crisis de este pueblo es la del pepino. La riqueza que generaban los invernaderos se ha desinflado esta campaña por los bajos precios del pepino y las lluvias y los mismos agricultores que daban trabajo a los rumanos se aprietan ahora el cinturón y se las arreglan solos.
La imagen más gráfica de la dramática situación que viven los cientos de rumanos que llegaron a Castell al calor de los invernaderos y que ahora se han quedado tirados sin trabajo es la del paseo del pueblo, poco después de las siete y media de la mañana. Cada amanecer se repite la misma escena: decenas de trabajadores rumanos esperan en fila en las barandillas del paseo, para ofrecer su mano de obra y esperar que algún agricultor les elija ese día. Pero últimamente las camionetas de los agricultores pasan ante este cruel escaparate de parados prácticamente de largo y sólo cinco o seis 'afortunados' consiguen dar una peonada. «Ahora no hay trabajo, llevamos meses en una situación desesperada. Pero aún así prefiero quedarme aquí en Castell que volver a Rumanía a cobrar 200 euros», explica Claudio Yorel, de 27 años, que ha trabajado en «casi todo» desde que llegó a España «con la ilusión de jugar al fútbol».
Ahora está parado, como la mayoría de los jóvenes rumanos. A simple vista, las pandillas de vecinos rumanos son mayoría en la plaza de Castell. «Si nos vamos los rumanos, este pueblo se queda vacío», comenta una joven, amiga de Claudio, mientras se ocupa de su hijo.
Ella sí tiene trabajo como camarera. «Lo primero que hicimos al llegar fue empadronarnos, para la tarjeta sanitaria y porque así todo es más fácil», dice Florin, otro rumano de 20 años. Como Cristian, de 31, ha trabajado en los invernaderos y ahora engrosa las filas de parados del paseo cada mañana. «Somos muchos, yo diría que por lo menos 1.000. Los rumanos van y vienen en función de la campaña. Aquí todo el mundo nos conoce y sabe que trabajamos como los que más», relata Cristian.
Da fe de ello el matrimonio Timofte, que lleva tres años en Castell y también se sienten «unos vecinos más» del pueblo. Ahora la cosa «está muy floja» y se las arreglan como pueden sin apenas trabajo. «Aquí hay más gente de la que hace falta para trabajar y esto ya es un problema», advierten un grupo de vecinos de Castell en la plaza cuando se les pregunta por sus vecinos rumanos. El alcalde del pueblo, Miguel Díaz, admite que la situación creada por el desempleo es delicada: «Ahora en marzo hay menos gente, en diciembre y enero eran muchos más. Lo llevamos como podemos, a pesar de las ayudas de Cruz Roja, de la Junta... no llegamos a todos. Es una situación muy complicada».
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